Tuve la suerte de tener un amigo pediatra que necesitaba una psicóloga a quien derivar pacientes y una buena amiga que me recomendó entrar a trabajar en un centro asistencial, El Centro Materno Infantil de San Isidro. Esa conjunción de factores no me hizo dudar con quienes empezar a trabajar: niños, adolescentes y sus padres.

Fueron años muy ricos, no sólo en lo que se refiere al despertar a ejercer una profesión, donde cada experiencia era nueva. Además de ello, el conocer maravillosos colegas con quienes intercambiar ideas y propuestas, tener contacto real con los pacientes y darme cuenta que como tales no encajaban tal cual decían los libro. Esto me llevó a la necesidad de desarrollar tratamientos “cortados a medida”, es decir, propios e individuales para cada caso.

Más adelante comencé a atender a adultos, parejas y familias. El trabajar con niños implica incluir a sus padres, y al trabajar con adultos siempre tengo en mente su familia de origen y la actual, aunque no estén presentes físicamente en el consultorio.

A lo largo de mi evolución individual fui conociendo distintos modelos teóricos que mediante una síntesis personal se consolidaron en una identidad profesional.

Como psicóloga no comparto la adhesión a un exclusivo modelo teórico como única verdad, sino que desde una actitud de apertura he ido incorporando diferentes concepciones intentando afianzar mi identidad