Diciembre o “no doy más

Fin de año. ¡Siempre el mismo sombrero y las mismas sandalias de paja! – Matsuo Basho (poeta Japonés,1644-1694)

En Diciembre, los pacientes que llegan al consultorio, lo hacen desorbitados, estresados y agotados.

Llegan a las apuradas diciendo “casi no llego, estoy a mil, no doy más”.

Es verdad, inmediatamente, comienzan a relatarme los miles de eventos a los que tienen que ir, los miles de preparativos que tiene que hacer, miles de despedidas de fin de año, amigos que ver, miles de actos que ir, entrega de boletines, comprar regalos de Navidad, y miles de cosas más.

Casi me desmayo el otro día cuando una pacienta, muy risueña, me contó que tenía que comprar 41 regalos de Navidad. ¡Cuarenta y un regalos! Para suavizar la situación, muy suelta de cuerpo, le dije, “Comprá llaveros para todo el mundo”. “¡No puedo!”, me contesto, “Son mis hijos, mis padres, mis nietos, mis ahijados, mis íntimos, mis socias!”

Tienen razón, si tuviese que hace la mitad de lo que tienen que hacer, estaría peor que ellos.

Como todos los seres vivientes, tenemos un ciclo biológico que tiene que ver con principios y finales y que cada año se repite. Por estas latitudes, para colmo, coincide el fin de año con las vacaciones de verano, con lo cual la sensación de un ciclo que termina y otro que comienza es más fuerte aún. Con esto viene la natural sensación de cansancio después de un largo año de trabajo y la necesidad del merecido descanso.

Quizás por eso el mes de Diciembre está asociado a lo que nos anima a empezar de nuevo con fuerzas e ideas renovadas. Que cuando nos sentimos solos, nos estimula a ser más comunicativos, sensibles y creativos. En esencia, nos propone trascender el estrés mental, el cansancio y el sentimiento de limpiarse.

Como todo ciclo que termina, también para muchos significa un balance anual.

Creo que más que un balance anual, deberíamos hacer un balance todo el año. Esto nos ayudaría a estar más conectados y de forma más permanente con nuestras emociones y nuestros deseos. Quizás de esta manera podamos tolerar mejor y aprender de lo que no pudimos y hacer algo constructivo de nuestros errores. Y así ser compasivos con nosotros mismos y poder ver nuestros aciertos.

Al hacerlo en Diciembre, se hace de golpe y en cascada. Difícil no sentirse melancólico o culpable por lo que no fue.

Por otro lado, Diciembre es el mes de la sociabilidad. A muchos parece agarrarles las ganas de encontrarse y despedirse de de todo el mundo: de amigos que no vieron casi durante todo el año, de gente que hace años no ve, de amigos que uno ve todo el tiempo.

No es que crea que socializar y tener amigos no sea importante, lo es. ¿Pero es Diciembre el mejor mes para hacerlo con el arrastre de todo el año?, ¿No sería un encuentro más tranquilo y auténtico en Febrero, por ejemplo?, ¿Cuál es el apuro de ver a todos como si el mundo se acabase en Diciembre?

Por todo esto, ya hace varios años, que llegado el mes de Diciembre intento hacer lo menos posible y ordenar mis prioridades. Como todo plan que me propongo, no siempre me sale. Lo seguiré intentando.

Como dice Matsuo Basho, Diciembre es un mes más, aunque más especial que otros, pero si lo tomamos con serenidad interior sin intentar hacer todo, podremos estar más serenos espiritualmente, tratando de sentir y hacer para celebrar la vida, de no preocuparnos por cosas que no son tan importantes y dedicarnos a lo que verdaderamente amamos.

Como diría la Madre Teresa, ¿Qué necesitamos en Diciembre?

Un borrador, para borrar de nuestra historia todo lo que nos haga daño.
Un detergente, para quitar las manchas de las máscaras que usamos a diario.
Unas tijeras, para cortar todo aquello que nos impide crecer.
Un pájaro, para que nos enseñe a volar alto y cantar con libertad.
Una tinaja, para añejar el cariño y la madurez del amor.

¡Bienvenido Diciembre!